3 de agosto de 2009

Death Ball


Sorprendido vio como su amigo caía al suelo. Su cuerpo quedó escondido entre las altas y secas hierbas que plagaban la explanada. El arma se desprendió de sus manos hasta alcanzar el suelo pero aún podía sentir el calor sobre su piel. Confundido observó como su amigo se convulsionaba pero no acudió a socorrerle. Se encontraba en estado de shock, paralizado por lo que acababa de hacer. Había fantaseado, muchas veces, con la posibilidad de matar a alguien pero nunca lo había intentando, tenía miedo a que aquella sensación le gustara y ya no hubiera marcha atrás. Sin embargo, lo que había ocurrido era diferente, no había sido su intención y, es más, no creía tener un arma de verdad entre las manos cuando comenzó a disparar a bocajarro contra el cuerpo de su amigo.

La tarde había comenzado como muchas otras. Una llamada de Julián le había despertado de su siesta: “¿vamos a las vías a matar zombis?”. No opuso ninguna resistencia. Cogió su mochila y metió la reproducción de la metralleta que su padre le había regalado por su cumpleaños y, también, la reproducción de la 9 milímetros automática que Julián y él había comprado en la web y que recibieron ayer. Su afición por las armas venía de familia. Desde los 14 años había acompañado a su abuelo y a su padre en las cacerías. Poco a poco aprendió a matar perdices y conejos con una habilidad que sorprendía a sus generaciones previas. No tenía arma propia, no podía tenerla, pero su abuelo le dejaba utilizar una de sus viejas escopetas. De vez en cuando, su padre le dejaba desenfundar su arma reglamentaria, pero sólo desenfundarla. “Papa, ¿cómo es matar alguien?”- le preguntó en varias ocasiones. “Es mejor que no lo sepas”-contestaba el padre, que nunca había utilizado el arma.

La zona de juegos estaba situada junto a las vías del tren. Las viejas estructuras ferroviarias ofrecían plataformas elevadas desde las que divisar al enemigo y, también, diversos escondites desde los que esperar a los incautos que osaban acercarse hasta ellos. Aquel día, Julián cambió las reglas del juego. “Porque en vez de jugar como equipo no luchamos como enemigos”. Le gustó la idea y no tardaron en ponerse de acuerdo sobre las normas a seguir. “En este árbol colgamos un pañuelo. Tú partirás de aquel extremo de las vías y yo de aquél otro. Sólo podemos utilizar la ametralladora, el arma la reservamos para rematar al enemigo. Tres impactos antes de coger el pañuelo producen la muerte. Gana quien coja el pañuelo o no haya muerto antes de llegar hasta él”.

Cubrieron sus rostros con sendos pañuelos, a modo de pasamontañas, y se dispusieron a comenzar el juego. Avanzaban lentamente observando los movimientos del otro y, de vez en cuando, se podían ver pequeños objetos rojos surcando el aire. Las armas con las que jugaban lanzaban pequeñas bolas de pintura roja que se estrellaban contra el suelo, las plantas o el metal perteneciente a las vías que se amontonaban unas sobre otras.

Había recibido dos impactos cuando vio cómo Julián corría hasta el árbol donde se encontraba el pañuelo. Apuntó, disparó e hirió a Julián en la rodilla que acabó tirándose al suelo para evitar más impactos. Mientras Julián trataba de localizar a su compañero recibió un nuevo impacto, esta vez en la espalda. Su enemigo se encontraba ahora detrás de él. “Levántate”-le ordenó. Julián se puso en pie y se giró para poder verlo. Su oponente tenía en la mano la 9 milímetros. Parecía tan real que, por un momento, Julián sintió un escalofrío. “Es hora de morir”-le dijo. Disparó cuatro veces. A pesar de la cara de sorpresa que ponía Julián no se dio cuenta de lo que estaba pasando. El rojo de las bolas era tan similar al de la sangre que no entendió que había disparado de forma real hasta que vio como su amigo caía al suelo.

Lloraba, incapaz de moverse mientras veía como a Julián se le escapaba la vida. Todo había sido el producto de una fatal casualidad. Cuando abrió el paquete que contenía la pistola de “juguete” corrió a compararla con la auténtica, la que su padre guardaba en la caja fuerte y a la que él tenía acceso porque conocía la combinación. Estuvo tocándolas un buen rato y al regresarla a la caja había confundido ambas armas. Ahora le gustaría tener un mando a distancia con el que poder rebobinar hasta ese mismo instante o al menos hasta el instante en que blandió el arma contra Julián. Su cabeza fue atravesada por un cúmulo de imágenes: los ojos vidriosos del primer conejo al que mató, la perdiz en la boca de su perro, su abuelo luchando contra el retroceso de la escopeta, los días de juego con Julián que ya nunca se volverían a repetirse. Cogió su teléfono móvil y marcó el 112. La ambulancia no tardaría en llegar. En el silencio de la tarde que ya terminaba, se oyó otro disparo.

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La foto que tenéis arriba es real. Presencié el juego el viernes pasado desde mi ventana. La vía sigue regalándome historias que contar. Por supuesto el juego de los dos chicos no acabó como ha sido narrado, aunque me pareció peligroso.

6 comentarios:

La Petra de Cuenca dijo...

Como se suele decir cuando juegas con fuego te puedes quemar y más cuando no eres consciente del peligro que ciertas cosas con lleva.Como me imagino que les ocurre a los chicos de la via,ya que seguro que ellos ven sus juegos como lo más normal del mundo.Estamos tan acostumbrados a ver tantas cosas que ni si quiera nos paramos a pensar por un momento lo que podría ocurrir si algo fallará.

Muchos besos.

Anónimo dijo...

Iba a soltar una frivolidad, pero creo que no procede ... Como siempre, me encantó el relato. Todos/as en algún momento pasamos por algún que otro juego peligroso. Lo importante es no llegar a quemarse ... A veces nos gusta vivir en el filo para matar el tedio de cada día.
MIGUEL.-

Cristina dijo...

Ufff, realmente escalofriante, has conseguido llevarnos a ese lugar y momento y hacernos sentir el mismo shock.

Recuerda bastante a esa peli reciente de spanish terror: Paintball, la que, por cierto, no tenía intención de ir a ver por si me estropeaba el deseo de volver a practicarlo, aunque creo que ese miedo ya ha entrado en mis venas con tu relato.

Esperemos que nunca nos encontremos en los telediarios con noticias similares.

Una vez más, muy bueno.

Unos besos.

Raúl dijo...

Lo cierto es que me va el drama, no puedo evitarlo. Creo que tiene que ver con mi forma de ser. Mira que me propongo hacer cosas graciosas, pero al final no me salen. Fijaros, ayer cuando regresaba a casa por la noche, después de ver Matador con los amigos, me encontré un zapato rojo de niña en la escalera y claro mi cabeza comenzó a formar una historia sobre el zapato. Pues bien, lo primero que salió de mi mente fue la idea de un fantasma que habitaba el edificio y que comenzaba a dejar señales para que la encontrasemos y desvelasemos el misterio. Por supuesto no me he puesto a escribir sobre ello, sería un plagio, porque es muy parecido a la historia de "Lo que perdimos". En fin, tengo que hacer terapia y buscar más la risa. Espero conseguirlo en el próximo.
Besos a todos y, una vez más, gracias por pasaros por aquí.

Jesús. dijo...

Me he quedado helado, nada más que añadir. Un abrazo, nos vemos.

Raúl dijo...

Tanto leer a Stephen King se tenía que notar por algún sitio. Además, me encanta el ciner de terror. Para cuando caiga la novela...una de sangre.