1 de diciembre de 2013

Tras la puerta roja


Cuando era pequeño tenía miedo de lo que se ocultaba tras aquella puerta roja. Los gritos suplicantes que escuchaba cuando su padre la atravesaba le hacían llorar. Sin embargo, hoy es él quien atraviesa aquella puerta ahora oxidada. Los gritos de hoy suenan igual que los del pasado pero él ya no llora, ni siquiera les presta atención, ha aprendido a ser duro y ha continuado con aquella costumbre familiar. Ante su presencia los prisioneros tratan de buscar una salida que no existe, pero ya no se defienden. La privación de libertad los ha vuelto sumisos, dóciles ante su carcelero. Al menos uno de ellos desaparece cada semana y los que desaparecen son reemplazados sistemáticamente aprendiendo pronto que es inútil oponer resistencia.

El elegido patalea un poco, se queja, pero finalmente se resigna cuando es conducido fuera de aquella habitación. En el exterior es sujetado contra una mesa. Su verdugo, mecánicamente, le propina fuertes golpes en la nuca. A veces los golpes son suficientes para matarlo, otras veces los deja inconscientes. Después les clava en el cuello la navaja que lleva en el bolsillo y el verdugo nota como la piel opone resistencia al paso del filo. Él ya sabe que fuerza aplicar para desgarrar la garganta, llegar al pecho y terminar en el estomago. La sangre caliente baña su mano y le salpica la cara y la camisa. No muestra ninguna emoción. No hay asco ni dolor. En ocasiones sonríe pero no sabemos si se debe a que disfruta matando o a que otro pensamiento recorre su mente. Puede que esté pensando en cómo descuartizar el cuerpo, en cómo minimizarlo para hacerlo más manejable. Pero lo que de verdad hoy le preocupa es si a su invitado le gustará lo que va a prepararle para cenar. 

2 comentarios:

Verónica Martínez dijo...

No sé lo que hay tras esa puerta. Pero mi mente macabra si que está imaginando la cena del invitado....Una vez más me ha gustado mucho y el final al igual que en otras ocasiones me ha desconcertado.

Raúl Navarro dijo...

Verónica, no siempre hay que pensar mal. Yo soy algo macabro, me encanta el terror pero a veces la explicación más sencilla es la correcta. En cualquier caso, si te ha provocado esta sensación, objetivo conseguido.